Zeljko Obradovic es un auténtico conquistador de Europa. Desde que a principios de los 90 debutara en el Partizan de Belgrado ya se destapó como un hombre que, como y hiciera Napoleón, acabaría rindiendo al resto de Europa.
Cuando llegó a Madrid apenas llevaba tres temporadas como primer entrenador a sus espaldas, pero ya llevaba dos Copas de Europa en su palmarés (má de las que la mayoría consiguen en toda su vida deportiva). Por supuesto no defraudó, en su primer año devolvió a los blancos a lo más alto del podio continental en una final ante Olympiakos en Zaragoza que todos los que estuvimos allí guardaremos en nuestra retina. Un hito al que sumaría dos temporadas después la Recopa del 97(conocida entonces como Eurocopa).
Sin embargo, los problemas internos con algunos miembros de la plantilla, el fallecimiento en 1995 de Mariano Jaquotot y, sobretodo, una multimillonaria oferta de la Bennetton hicieron que apenas meses después de su gesta de Chipre, Obradovic marchara a Italia y luego a Grecia, donde con el Panathinaikos siguió, cómo no, recolectando entorchados europeos.